Cuando es no, es no. Y el Horneo EÓN Alicante lo descubrió en una tarde en la que el destino se empeñó en llevarle la contraria. Todo empezó bien. El equipo salió con energía, con confianza, y logró ponerse por delante. Por momentos, dio la sensación de tener el partido bajo control.
Pero el balonmano, como la vida, no siempre recompensa al que más lo intenta. Las imprecisiones se colaron en el juego alicantino como un invitado indeseado: pérdidas inocentes, lanzamientos que se escapaban por centímetros, decisiones precipitadas. Mientras tanto, el Logroño, paciente y sereno, esperaba su momento. Cuando el reloj marcaba el minuto doce, los riojanos ya mandaban por dos tantos.
El EÓN seguía generando peligro, insistiendo, pero el balón se negaba a entrar. Y cuando lo hacía todo bien, se encontraba con un gigante bajo palos: Xoan Ledo, que desbarató una y otra vez las esperanzas visitantes. Cada parada era un golpe al ánimo del EÓN. Su portería se convirtió en un muro —un muro de manos firmes y reflejos imposibles— ante el que se estrelló la ilusión alicantina.
Con el paso de los minutos, el encuentro se transformó en una cuesta arriba interminable. Aun así, el conjunto de Latorre tiró de orgullo. A base de garra y coraje, logró acercarse en el marcador antes del descanso. Parecía posible marcharse al vestuario a solo un gol, pero el destino volvió a girar en contra. Un penalti en contra y un error en los últimos segundos dejaron el 17-14 al descanso. No era una distancia insalvable, pero sí un aviso.
Tras la reanudación, el guión apenas cambió. El EÓN intentó dar un paso al frente, pero cada vez que lo hacía, el Logroño respondía con contundencia. En ataque faltó precisión; en defensa, coordinación. Y en la portería rival, seguía el mismo protagonista. Ni siquiera desde los siete metros hubo fortuna: Parker, Montoya y Torriko se toparon, tres veces seguidas, con las manos salvadoras de Ledo.
El marcador se fue abriendo hasta un 29-22 que parecía definitivo a falta de diez minutos. Pero este equipo no sabe rendirse. Con el partido prácticamente decidido, los alicantinos se rebelaron contra la evidencia. Javi Rodríguez y Parker redujeron distancias, y Roberto, bajo palos, firmó varias intervenciones de mérito que devolvieron la esperanza. El EÓN llegó a ponerse a solo dos tantos.
Cuando el empate parecía al alcance, el Logroño volvió a golpear. El 33-29 final cayó como un jarro de agua fría, pero también como una lección: en esta liga, los errores se pagan caros y la experiencia pesa.
“Ha sido un partido muy difícil, siempre a contracorriente. Es una pista complicada y ellos tienen mucha experiencia en la categoría”, reconoció Javi Rodríguez al término del encuentro.
Por su parte, el entrenador Fernando Latorre fue claro y autocrítico: “No hemos hecho lo suficiente para tener opciones reales contra un gran Logroño. Hemos pecado de novatos.”
No hay tiempo para lamentaciones. El Horneo EÓN Alicante volverá a la carga el próximo sábado, 11 de octubre, en Cuenca, ante el REBI BM, con la firme intención de transformar la frustración en aprendizaje y recuperar el pulso competitivo.
